CARMELITAS DESCALZOS EN VENEZUELA
Para escribir sobre el trabajo y obra de los padres Carmelitas Descalzos del colegio “Niño Jesús de Praga” en Catia – Caracas, siempre me quedaré corta.
Este colegio es un oasis en el desierto, el mejor de la zona. Pero su belleza va más allá de sus instalaciones y de su linda Iglesia, donde cabe destacar los impresionantes cuadros gigantes de San José trabajando en la carpintería y la bella Virgen María rodeada de angelitos blancos y angelitos negros. Su preocupación por la educación de los niños va mucho más allá. Se preocupan por los modales, inculcando a los niños buenos hábitos de limpieza; pero donde más se destacan es por la formación intelecto-espiritual de los niños. La amistad fluye de la misma forma en que las aguas turbias llegan al remanso; saben escuchar, comprender, aconsejar y ayudar a los niños en sus mentes confundidas y a veces incomprendidas de los pequeños. A mí en particular me tocó como amigo y confesor a mi querido e inolvidable padre José Antonio de Colsa. Que aunque se encuentre lejos siempre estará junto a mis bellos recuerdos de la infancia y a quien dedico con cariño el siguiente párrafo:
“UN ANGEL EN LA TIERRA”
EL PADRE JOSE ANTONIO DE COLSA
Erase un día cualquiera del año del año 1966. Me encontraba en uno de los escalones de la salida del Colegio Niño Jesús de Praga de los Padres Carmelitas Descalzos en la Parroquia San José Obrero de Catia – Caracas-Venezuela.
Estaba llorando, y no es para menos sabía que me esperaba una paliza en la casa ¿el porqué? No lo recuerdo, siempre me pegaban por todo, por perder un lápiz, por ensuciar el uniforme, por derramar el café, por no limpiar bien cuando tan solo contaba con siete años de edad. Enseguida me sequé las lágrimas al ver por primera vez a un sacerdote con una amplia sonrisa, me pasó la mano por la cabeza saludándome y después de consolarme empezó a caminar hacia la Casa Parroquial, yo como viendo a un ángel lo seguí acompañándolo y cuando entró en sus aposentos, me quedé con mi carita apoyada contra las rejas hasta verlo desaparecer. Aquí comenzó la historia con el Padre José Antonio de Colsa, conocidos por todos como el Padre Javier.
A partir de ese momento tenía a un amigo con quien compartir mis sueños, mis penas y alegrías. Cada vez que me daban una paliza tenía a quien mostrarle mis moretones y él me consolaba mostrándome que no estaba sola que Dios me amaba, lo increíble es que entraba a su oficina con dolor y cuando salía ya no me dolía nada. En una oportunidad calmó mi llanto enseñándome la canción de “Clavelitos” “A Vos Señora” y muchas más. En una oportunidad le dije que cómo me podía entender si no había pasado lo que yo…y me contestó que él también había perdido a su madre a los seis años, en otras oportunidades me contaba las travesuras de su infancia y así nació la amistad entre una niña y un sacerdote. Me enseñó a cantar, aún recuerdo que para cantar en el colegio el padre colocaba un mesón donde yo me subía para cantar en los actos del colegio. Puedo decir que gracias a él pude tener una niñez, me llevaba a las exposiciones plásticas junto a otros niños, debido a que era un excelente pintor.
El Padre José Antonio era un artista, pintaba cuadros y hacía exposiciones Fundó un conjunto de música navideña con instrumentos tradicionales y las voces de los niños. A menudo nos levantábamos a las cinco de la mañana para ir contentos a las “Misas del Gallo” así se llamaban porque comenzaban con los cantos de los gallos al amanecer.
Sus clases de religión eran muy amenas, esperábamos con mucho entusiasmo cuando llegaba la hora de la clase de religión.
Fueron muchas las oportunidades en que pasaba por la Casa Parroquial y encontraba un niño arrodillado pidiéndole consejo, en otras escuchaba a mis compañeros con algún problema personal buscando al Padre José Antonio de Colsa.
Gracias a él crecí con mucho amor, sin odio ni resentimientos en mi corazón, me enseñó que a través de los estudios encontraría mi independencia y que el amor de Dios y la virgen me haría libre. Cada vez que teníamos un sufrimiento o una decepción nos ponía como ejemplo las decepciones y los sufrimientos de Cristo, cuando sus amigos le dieron la espalda, cuando lo dejaron solo, etc.
En una oportunidad, cuando me estaba preparando para mi último año escolar que sería el año de mi graduación, corrí hacia la casa Parroquial para pedirle su bendición ya que la consideraba de buena suerte para comenzar bien el día; me encontré con la triste noticia que se había marchado, corrí desesperadamente buscándolo por todos los salones…desde ese día comprendí que había partido junto con mi niñez la única persona que me brindó afecto, ternura y esperanza en el futuro. En su honor seguí siendo una buena estudiante. Y cuando me daban las tremendas palizas de siempre, me subía a un sillón al que le había puesto el nombre de mi querido padre y acurrucándome en él, haciéndome la ilusión que los brazos del mueble eran los del Padre que me sostenían recordaba las hermosas palabras que me enseñaron que no estaba sola, que Dios nunca partiría y que con mucho amor y perdón lograría mi libertad.
Siempre digo que todos los Santos van al cielo, pero no todos pueden ir al Vaticano. Este es un resumen de mi historia que soy una de los tantos niños que se refugiaron en el amor incondicional que nos dio nuestro querido padre José Antonio de Colsa” conocidos por todos como el Padre Javier.
Actualmente abrí una página en su honor:




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